El buen Pastor

El Buen Pastor, el buen cuidador por la vía del amor (IV de Pascua B)
Pedro, lleno del Espíritu Santo, experimenta una libertad para hablar con amor y verdad. Pedro y Juan habían sanado a un enfermo. Los jefes de los judíos les preguntan en nombre de quién lo habían sanado. Pedro les contesta que, en nombre de Jesús-Mesías, el Nazareno, a quien ellos crucificaron y, en cambio, Dios lo resucitó de entre los muertos. Y completa su confesión: “No hay salvación en ningún otro nombre, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos”.
No gusta esta confesión en nuestros tiempos, eso de que no hay salvación fuera del nombre de Jesús. Es una confesión crítica con nuestros sueños de libertad, como libre arbitrio de poder escoger un camino u otro, de poder experimentar sin cesar otras cosas, otros caminos. Preferimos la multitud de ofertas. Rechazamos a quien nos ofrece la verdad, a quien ha sacado la conclusión, como Pedro ante la pregunta de Jesús: ¿también vosotros queréis marcharos? Y entonces contesta: Señor, ¿a quién iremos?, sólo tú tienes palabras que valen para la vida eterna, para la verdadera vida que nos adecua a los hombres. Otras vidas, sabemos que son posibles, pero no todas nos convienen. Eso lo sabemos los mayores, pero cómo proponérselo a los jóvenes.
El consumo, el bienestar, ser felices, disfrutar, es lo que perciben como objetivo de sus vidas tantos mayores, que es lo que también aprenden con mayor facilidad los jóvenes. Saben que hay algo que tiene que ver con el ganárselo, con los deberes, intentan cumplir al menos los mínimos, para el objetivo que sigue siendo pasarlo bien o disfrutar. Y ahí andamos en nuestras luchas entre los “deberes” y los “placeres”.
El Dios revelado por Jesús nos ofrece una vía alternativa, la del amor, la del aprender a amar, la de reconocer dónde y cómo se manifiesta el amor, como objetivo que llena más nuestras vidas. “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre, para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” leemos en la carta de 1Jn. Aunque enseguida constata la carta que esta vía no es muy conocida por nuestro mundo.
“Yo soy el Buen Pastor que conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí”. Es un lenguaje de metáforas que conocemos los mayores. Al mundo moderno no le gusta que se le compare con las mansas ovejas. Se entienden mejor como cabritos saltadores y embestidores. Hay que luchar, hay que abrirse paso entre la multitud para ser alguien, para ganarte un puesto, hay que contar con competencias para competir. Quizá hay otra palabra que pueda traducir hoy la metáfora del pastor, y es la de cuidador. Ciertamente el pastor cuida de sus ovejas, y entre nosotros se ha redescubierto la importancia del “cuidar” unos de otros y de cuidar a los cuidadores, y hasta de cuidar la casa común que es la tierra. Cuidar se acerca bien al conocer y amar.
Atención cuando la vía del amor no se sabe para qué sirve, y se reduce el amor a disfrutar. En cambio, entre la vía de los deberes y la de los placeres podría transitar la vía del amor que, por una parte, cumple mejor la de los deberes, porque apunta a responsabilizarnos de los nuestros y de los otros, y promete más que la vía de los placeres porque no hay satisfacción tan honda como entregarse por amor por la vida del mundo, generando vida entorno.
Es este Amor que procede de Dios el que, en Jesús, le mueve y nos mueve a no encerrarnos en nuestro redil porque: “Tengo otras ovejas que no son de este redil”. Salgamos a su búsqueda, nos pide Jesús hoy.